El miedo ya no camina haciendo ruido. No arrastra cadenas ni golpea puertas de madrugada. Ahora se cuela sin que lo oigas.
Es una sombra que se desliza por la pared del salón mientras tú miras la pantalla. Una presencia que respira detrás del cristal del móvil. No golpea. Vibra.
Primero es una notificación. Luego un titular. Después otro. Y otro más. El algoritmo, como un ente con hambre, te lo susurra al oído mientras haces scroll medio dormido, con la luz apagada y la casa en silencio.
No corre. No grita. Espera.
Vivimos en modo alerta permanente. Siempre hay algo que te tiene que acojonar: la economía, la guerra, la salud, el clima, el vecino, el gobierno, el otro gobierno, la tecnología que te va a quitar el curro o el curro que te va a quitar la vida. El miedo ya no es una reacción puntual. Es un estado base. Un ruido de fondo. Una ansiedad estructural.
Y el miedo, sorpresa, vende que te cagas.
Los medios lo saben. Cuanto más alarmista el titular, más clics. Cuanto más dramático el enfoque, más tiempo de pantalla. El miedo engancha. Activa el cerebro primitivo. Te hace reaccionar antes de pensar. Y cuando reaccionas, compartes. Y cuando compartes, amplificas. Y cuando amplificas, alguien gana pasta o poder.
El filósofo Michel Foucault ya explicó que el control moderno no siempre necesita violencia visible. Es más eficiente cuando te regulas tú solito. Cuando interiorizas el límite. Cuando ni siquiera hace falta prohibirte nada porque ya tienes miedo a salirte del guion.
Hoy el miedo no solo viene de amenazas externas. También te disciplinan con el miedo social. Miedo a decir lo que piensas. Miedo a que te señalen. Miedo a que te cancelen. Miedo a que una opinión mal formulada te convierta en el gilipollas oficial de Twitter durante 48 horas.
No hace falta censura clásica cuando existe el linchamiento digital. No hace falta que te callen si consiguen que te calles tú.
Y luego está el miedo económico. Ese sí que aprieta. Miedo a perder el trabajo. Miedo a no pagar la hipoteca. Miedo a quedarte fuera del sistema. Cuando tienes miedo a no llegar a fin de mes, te tragas cosas que en otro contexto mandarías a la mierda. El miedo precariza el carácter. Te hace más dócil. Más manejable. Más silencioso.
Un ciudadano tranquilo cuestiona.
Un ciudadano acojonado obedece.
Y lo más perverso es que muchas veces el miedo se presenta como protección. “Es por tu bien.” “Es por tu seguridad.” “Es temporal.” Siempre es temporal. Hasta que deja de serlo.
Ojo, no se trata de negar que existan problemas reales. Los hay. Y algunos son jodidamente serios. Pero hay una diferencia enorme entre informar y mantener a la población en estado de alarma perpetua. Una cosa es advertir de un incendio. Otra muy distinta es hacerte vivir como si todo el puto planeta estuviera ardiendo cada día.
El miedo constante desgasta. Y cuando estás desgastado, aceptas más control a cambio de una falsa sensación de seguridad. Prefieres que alguien decida por ti. Prefieres que te simplifiquen el mundo en buenos y malos. Porque pensar con calma requiere energía. Y el miedo te la roba.
El verdadero problema no es el miedo en sí. Es su uso sistemático como herramienta de gestión social. Cuando el miedo se convierte en el idioma oficial, la libertad empieza a parecer un lujo innecesario.
Quizá el acto más subversivo hoy no sea gritar más fuerte, sino mantener la cabeza fría. Parar. Analizar. Preguntarte quién se beneficia de que estés acojonado. Distinguir entre riesgo real y narrativa inflada.
Porque si vives en modo pánico permanente, acabarás entregando tus decisiones al primero que prometa salvarte del apocalipsis de turno.
Y eso, aunque lo envuelvan en marketing moderno, sigue siendo control. Solo que ahora viene con interfaz bonita y notificaciones push.