La productividad se ha convertido en la nueva religión del vacío. Antes la gente se hacía preguntas incómodas sobre su vida, ahora se hace listas. Listas de tareas, de hábitos, de objetivos semanales que no llevan a ningún sitio, pero quedan de puta madre en una libreta Moleskine o en una app con colorines.
El truco es sencillo: si estás ocupado no tienes que pensar. Si encadenas tareas desde que te levantas hasta que te acuestas, no hay hueco para preguntarte si tu curro te da asco, si tu relación es una mierda o si llevas años viviendo en piloto automático. Estar cansado se ha vuelto una medalla, y decir “no paro” es el nuevo “soy importante”.
El problema no es trabajar mucho, el problema es trabajar como un hámster con LinkedIn. Gente que optimiza su mañana al segundo, que mide su productividad con gráficas y métricas absurdas, pero que no sabría responder qué cojones quiere hacer con su vida sin sudar frío. Mucho método, mucho sistema, mucho coach… y cero dirección.
La productividad mal entendida es una forma elegante de huir. Huir del silencio, de la introspección y de ese momento incómodo en el que te sientas sin el móvil y te das cuenta de que no sabes ni quién eres. Mejor abrir otra hoja de Excel, otro proyecto inútil, otro “side hustle” que no te aporta nada salvo la sensación falsa de estar avanzando.
Y ojo, porque el mercado lo sabe. Por eso hay legiones de gurús vendiéndote rutinas milagro, mañanas perfectas y fórmulas para exprimirte un poco más. No para que vivas mejor, sino para que no pares nunca. Pensar es peligroso: igual descubres que no necesitas hacer más, sino hacer menos… o hacer otra cosa.
Así que sí, produce, trabaja, haz cosas. Pero de vez en cuando para. Apaga el ruido. Quédate quieto. Piensa. Porque si no, un día te darás cuenta de que has sido muy productivo… construyendo una vida que no era la tuya.