Cumplir años es una de esas cosas que pasan sin pedir permiso. Tú estás tranquilamente existiendo, sin molestar a nadie, sobreviviendo con dignidad, y de pronto el calendario se levanta en modo golferas y decide que hoy toca recordarte que el tiempo avanza y tú con él, quieras o no. No hay botón de “posponer”, no hay opción de “más tarde”, no hay reembolso.
No me gusta cumplir años. No me gusta que me regalen cosas. No me gusta esa coreografía social absurda en la que tengo que fingir sorpresa, emoción y ternura cuando abro paquetes que, en el fondo, ya sabía lo que traían. No me gusta esa presión invisible de “tienes que estar feliz porque hoy es tu día”. ¿Y si hoy solo quiero estar tranquilo?
Pero, y esto es importante: me veo bien. Muy bien. Mejor que mucha gente que nació después que yo y ya parece que ha vivido tres guerras, dos divorcios, una hipoteca y una crisis existencial mal resuelta. Cumplir años no me ha quitado encanto. Me ha quitado la paciencia.
Ahora digo que no sin dar explicaciones. Ya no tengo energía para educar a adultos, ni para sostener conversaciones que no llevan a ningún lado, ni para quedarme en sitios donde no quiero estar solo por quedar bien. Antes quería caerle bien a todo el mundo. Ahora quiero estar bien yo. Y eso, curiosamente, me hace caerle mejor a la gente correcta.
Tampoco quiero más amigos. Ya tengo los que necesito. Los que saben cuándo hablar y cuándo callarse. Los que entienden que no responder un mensaje no es drama, es vida. No necesito ampliar el círculo, necesito que el círculo funcione. Que no drene. Que no complique. Que no exija versiones de mí que ya no existen.
Cumplir años no es celebrar que envejeces. Es celebrar que ya no te tragas cualquier cosa. Que eliges mejor. Que filtras más. Que te quedas con lo que suma y mandas a la mierda lo que resta. Es celebrar que sigues aquí, con más criterio, menos tolerancia a la estupidez y un radar emocional mucho más afinado.
Es una declaración silenciosa de: no me gusta todo, y no tengo por qué. Ya no me esfuerzo en que todo me encaje, ni en encajar yo en todo. No necesito que me guste lo que está de moda, ni lo que se supone que debería gustarme. Me gustan pocas cosas, sí, pero las elijo con cuidado, con intención, con ganas. No por costumbre, no por presión, no por nostalgia barata.
Lo que me gusta, lo cuido. Lo defiendo. Lo priorizo. Y lo que no, lo dejo ir sin drama, sin discursos, sin despedidas épicas. Porque crecer también es eso: entender que no todo merece tu tiempo, tu energía ni tu atención.
Y a estas alturas, eso ya es un lujo.