Antes la gente rezaba mirando al cielo. Ahora mira la pantalla. La luz azul ha sustituido a las velas y el altar cabe en el bolsillo. El nuevo dios no tiene barba blanca ni túnica. Tiene código, servidores y una capacidad brutal para decidir si hoy existes… o no.
El algoritmo es invisible, todopoderoso y caprichoso. Exactamente como cualquier divinidad clásica, pero con métricas. No sabes cómo funciona del todo, pero te adaptas a sus señales. Publicas a la hora correcta. Usas las palabras correctas. Repites el formato que mejor convierte. Te arrodillas en forma de contenido optimizado.
Y si un día no te premia… dudas de ti. No del sistema. De ti.
Porque el algoritmo no se equivoca. El algoritmo “sabe”. Si no tienes alcance es porque no eres interesante. Si no vendes es porque no aportas valor. Si no creces es porque no has entendido la liturgia digital.
Así que sacrificas autenticidad en su honor. Recortas opiniones. Endulzas discursos. Te subes a tendencias que te importan un carajo. Todo por un poco más de visibilidad, de validación, de dopamina en forma de notificación.
El nuevo pecado capital es no gustar.
La nueva salvación es viralizarse.
Y lo más perverso es que ni siquiera ves el templo completo. Solo ves tu pequeño panel de estadísticas, como si fueran los designios de un oráculo moderno. “Interacción baja”. “Retención media”. “Contenido no recomendado”. Y tú ahí, interpretando señales como un monje medieval leyendo nubes.
El algoritmo decide qué ves, a quién escuchas, qué te indigna y qué te hace gracia. Decide qué tema es importante esta semana y cuál desaparece en 48 horas. Nos construye burbujas cómodas y luego nos sorprende que el mundo real no encaje con nuestro feed.
Pero seguimos creyendo. Seguimos creando. Seguimos suplicando atención digital como si fuera agua en el desierto.
Hemos cambiado la fe por engagement.
La comunidad por seguidores.
La conversación por métricas.
Y mientras tanto, el algoritmo sonríe —si es que algo hecho de código puede sonreír— viendo cómo ajustamos nuestra personalidad a su capricho matemático.
El problema no es usar redes. El problema es cuando dejas que tu valor personal lo marque una gráfica ascendente o descendente. Cuando tu estado de ánimo depende de un número. Cuando tu criterio lo define lo que “funciona”.
Quizá el acto más rebelde hoy no sea gritar. Sea publicar sin pedir permiso al algoritmo. Decir lo que piensas aunque no encaje en el patrón. Asumir que no todo lo valioso es viral.
Porque un dios que necesita que publiques tres veces al día para recordarte que existes… igual no es tan divino.
Y a lo mejor va siendo hora de bajarlo del altar.