Carlota Corredera: cuando la TV se convierte en castigo

Carlota Corredera es el ejemplo perfecto del presentador petardo. No uno más: el modelo de referencia. El estándar ISO del coñazo televisivo. Ese perfil que no aparece para entretener, informar o acompañar, sino para darte la chapa con la seguridad moral de quien cree que el espectador es un problema que hay que corregir.

Carlota Corredera no habla contigo, te habla por encima. No conversa, sentencia. No expone ideas, reparte verdades oficiales. Cada intervención suya tiene el tono de una circular interna: grave, solemne y con ese deje de “esto deberías saberlo ya”. La televisión convertida en una sala de profesores donde tú siempre eres el alumno torpe.

El presentador petardo se reconoce rápido: todo lo convierte en trascendental. Da igual el tema. Da igual el formato. Da igual que estén hablando de un reality absurdo o de una polémica inflada a base de nada. Carlota siempre encuentra la forma de elevarlo a drama social de primer orden, con pausa dramática incluida, como si cada frase tuviera que pasar por el BOE antes de emitirse.

El problema no es que tenga opinión. El problema es que confunde comunicar con aleccionar. Cree que explicar es regañar y que empatizar consiste en colocarse moralmente por encima del espectador. El presentador petardo no quiere que pienses: quiere que asientas. Y si no lo haces, algo falla en ti.

Y cuando la audiencia se va, porque claro que se va, nunca es culpa del formato, ni del tono, ni del tostón sideral que se sirve cada tarde. No. La culpa es siempre del público, que no está preparado, que no quiere escuchar, que no entiende el mensaje. El mantra de siempre: si no me ven es porque soy demasiado profundo, nunca porque aburro como un discurso institucional sin café.

Y por si quedaba alguna duda de que este modelo está muerto, ahí va otra evidencia reciente: otra hostia más con un programa de entretenimiento. Porque sí, lo intentó. Otra vez. Otro formato supuestamente ligero, cercano, para “conectar con la gente”. Y otra vez el mismo resultado: la gente no conecta. No falla. Es matemático.

Carlota representa a la perfección esa televisión que decidió que entretener es vulgar. Que el humor es sospechoso. Que la ligereza es casi un delito. Aquí hemos venido a sufrir, a aprender y, de paso, a sentirnos un poco gilipollas por no estar a la altura del discurso. Televisión como penitencia. Como castigo después de currar todo el día.

No hay ironía, no hay autocrítica, no hay distancia. El presentador petardo jamás se ríe de sí mismo porque está convencido de que lo suyo es importante, necesario y moralmente superior. Cada programa parece decirte: esto no te gusta porque no lo entiendes. Spoiler: no te gusta porque es un coñazo.

Y luego está el activismo de plató, esa joya contemporánea. Mucha causa justa, mucho mensaje correcto, pero siempre dentro del perímetro cómodo, seguro y aprobado por quienes mandan. Compromiso sin riesgo, discurso sin consecuencias, valentía sin enemigos reales. Revolución de moqueta. Indignación con catering.

Carlota no es la única, pero sí la figura más reconocible de este modelo de presentador que ha confundido la televisión con un seminario eterno. Una tele que no acompaña al espectador, lo examina. Que no le habla, le juzga. Y que cuando la apagas no te deja ni una idea brillante ni una risa, solo la sensación de haber perdido el tiempo escuchando a alguien convencido de su propia importancia.

Carlota Corredera no ha hecho daño por lo que dice.

Ha hecho daño por cómo lo dice y para qué lo dice.

Porque cuando la televisión deja de ser un placer y se convierte en un sermón infinito, lo más sano que puede hacer el espectador es apagarla.

Y con presentadoras petardo como esta, apagar la tele no es desinterés. Es supervivencia mental.