Hay profesiones que marcan. Que dejan huella. Y luego están los profesores, que no solo dejan huella, sino que se convierten en una casta inconfundible, un grupo selecto de individuos con señales tan claras que los puedes identificar a kilómetros. Porque sí, se les nota. No importa si están en un bar, en el súper o en la playa… huelen a docentes.
Para empezar, la voz de profesor. Esa entonación que usan para explicar cualquier mierda de la vida diaria como si estuvieran dando una lección magistral. No pueden evitarlo. Si piden una caña, te la piden con la claridad y la pausa dramática de quien está dictando un examen. Y ojo, si ven que alguien no sigue el ritmo, automáticamente activan el modo repetición, como si estuvieran con un alumno con dificultades. “Te lo explico otra vez, pero más despacio”. No, cabrón, estoy en un bar, no en clase de matemáticas.
Luego está su habilidad sobrenatural para mandar callar. Si un profesor entra en un sitio ruidoso y quiere hablar, no necesita gritar. No. Solo tiene que levantar la mano, hacer un gesto con la ceja o, en casos extremos, soltar un “chicos, por favor”, y el universo entero baja el volumen. No es magia, es entrenamiento.
Otra pista clara: el vestuario. Porque hay dos tipos de profesores. Está el que se viste como si le hubieran atropellado en un outlet de ropa cómoda, con chaquetas de lana, fulares imposibles y bolsos llenos de papeles. Y luego está el otro tipo, el que se cree que va a dar clase en un consejo de administración y te aparece con americana aunque trabaje con niños de seis años. Pero ojo, ambos comparten un detalle: calzan zapatos indestructibles. Son modelos diseñados para sobrevivir a carreras por pasillos, pisotones de niños y jornadas de pie de ocho horas. Ni los Navy SEAL tienen calzado tan resistente.
Y cómo olvidar su obsesión con corregirlo todo. No puedes decirles “Haiga” sin que les dé un microinfarto, y si usas mal una tilde en un mensaje de WhatsApp, te lo van a señalar con la misma urgencia que si hubieras activado una bomba nuclear. No pueden evitarlo. Corrigen hasta en su tiempo libre. Son los únicos que disfrutan encontrando faltas en los menús de los bares o en los carteles de la calle. Y sufren. Dios, cómo sufren.
Pero la prueba definitiva de que estás ante un profesor es su cara de cansancio existencial. Es una mezcla entre agotamiento y resignación, como si hubieran visto demasiadas cosas, vivido demasiadas reuniones absurdas y corregido demasiados exámenes llenos de respuestas que desafían toda lógica humana. Una mirada que dice “he intentado educar a la juventud, pero la juventud me ha ganado”.
Así que la próxima vez que te cruces con alguien que habla con tono didáctico, manda callar con la mirada, viste con funcionalidad extrema y sufre al ver una falta de ortografía… felicidades. Has encontrado a un profesor. Respétalo. Porque detrás de esa coraza, detrás de ese cansancio crónico y de esa resignación ante la estupidez humana, hay alguien que, por alguna razón inexplicable, sigue teniendo fe en el futuro.
Y, sinceramente, eso sí que es digno de estudio.