Hay pocas cosas más ridículas en la vida urbana que ese momento en el que un coche se para cuando no toca… y tú, peatón inocente, pasas automáticamente de ciudadano normal a velocista olímpico sin haber firmado nada.
Porque no es un “cruzo y ya está”. No. Es el maldito sprint.
Ese trote acelerado, torpe, con cara de “gracias señor, no me atropelle”, levantando la mano como si estuvieras saludando a la reina. Una coreografía absurda que mezcla culpa, prisa y un nivel de dignidad bajísimo. Todo porque un tío ha decidido parar el coche donde no tenía que hacerlo.
Y claro, en cuanto el coche frena, se activa el protocolo no escrito: “yo me paro, tú corres como un gilipollas”. Es automático. No lo decides. Te posee. De repente tus piernas van más rápido que tu cerebro y ahí estás, haciendo el ridículo en mitad de la calle.
Lo mejor es que muchas veces ni hacía falta. Podías haber esperado dos segundos, el coche pasaba y tú cruzabas tranquilo. Pero no. El conductor ha tenido un ataque de amabilidad mal colocada y ahora tú tienes que pagar la factura en forma de cardio innecesario.
Y mientras corres, lo sabes. Sabes que estás haciendo el imbécil. Sabes que ese sprint no tiene ningún sentido. Pero no puedes parar. Porque hay una presión social invisible que te grita: “¡date prisa, coño, que te están esperando!”. Y tú obedeces como si te fuera la vida en ello.
¿Y el conductor? Ahí está. Mirándote. Disfrutando su momento de superioridad moral. “Mira qué buena persona soy”. Sí, campeón, tan buena persona que has obligado a un desconocido a hacer un mini triatlón para cruzar la calle.
Porque la verdadera educación vial no es parar siempre. Es saber cuándo parar. Y sobre todo, no convertir un gesto inútil en una escena donde el otro se siente obligado a correr para no parecer un desagradecido de mierda.
Que ya está bien de esta mierda de teatro callejero. Si no toca parar, no pares. Y si paras, no esperes un sprint. El peatón no te debe nada. Ni velocidad, ni espectáculo, ni reverencias.
Que bastante tiene con no comerse una farola mirando el móvil como para encima ponerse a hacer atletismo por tu conciencia limpia.
Así que menos postureo al volante… y más sentido común.