En el maravilloso circo moderno donde todo se convierte en viral y en batalla cultural, ahora parece que decir “no” puede acabar en denuncia. La historia que se ha viralizado estos días es simple, incómoda y explosiva: una mujer trans queda con un chico, él descubre que es trans, decide no seguir adelante… y ella anuncia que lo denuncia por discriminación. Y Twitter, como siempre, arde más que una freidora de feria en agosto, con tertulianos de sofá repartiéndose superioridad moral a cucharadas.
Vamos a poner algo encima de la mesa antes de que alguien se ofenda en 4K: toda persona merece respeto. Punto. Pero el respeto no incluye la obligación de acostarse con nadie, joder. Ni con una mujer trans, ni con una mujer cis, ni con la vecina del quinto ni con el primo del panadero. El consentimiento no se adapta a la moda ideológica del mes. O es libre… o es una puta pantomima.
El problema es que estamos entrando en una época donde hasta el deseo parece tener que pasar por el filtro institucional. Y el deseo, por definición, es irracional, caprichoso y profundamente personal. A uno le gustan rubias, a otro morenas, a otro culturistas de 120 kilos, y a otro simplemente no le apetece seguir con alguien cuando descubre algo que cambia su percepción. ¿Es eso feo? ¿Es delito? No debería serlo ni de coña.
Porque si empezamos a convertir cada preferencia en sospechosa, cada negativa en denunciable y cada rechazo en discriminación estructural, vamos directos a un terreno muy resbaladizo. Hoy nos lo tomamos a coña en redes, con memes y sarcasmo. Pero cuidado, que mañana igual aparece una circular, pasado mañana una proposición de ley, y al otro lo vemos publicado en el BOE con letra pequeña y sonrisa institucional.
Y ahí es donde la broma deja de hacer gracia.
Porque el consentimiento no puede depender de la presión social ni del miedo a que te crucifiquen en internet o en un juzgado. Si decir “no” empieza a tener consecuencias legales o sociales desproporcionadas, ya no estamos hablando de libertad sexual. Estamos hablando de coerción disfrazada de virtud.
El rechazo duele, sí. Duele a todos. Pero el rechazo no es violencia automática ni delito automático. Es parte del juego humano desde que el primer cavernícola intentó ligar alrededor de una hoguera y le dijeron que no.
En una sociedad adulta, el respeto va en dos direcciones: respeto a la identidad y respeto a la libertad individual. Si sacrificas una para proteger la otra, te cargas el equilibrio. Y sin equilibrio, lo que queda no es progreso. Es imposición a base de colores.
Hoy nos reímos. Hoy hacemos chistes. Pero si algún día el deseo necesita permiso administrativo, igual ya no hará tanta gracia.