Durante años perseguí esa jodida idea de convertirme en “mi mejor versión”. La imaginaba impecable, disciplinada, emocionalmente zen, productiva hasta cuando dormía y magnética sin despeinarse. Una especie de semidiós del desarrollo personal que no mete la pata, no duda y no pierde el tiempo en gilipolleces. Y cuanto más la perseguía, más me estaba traicionando.
Porque hay algo profundamente estúpido en intentar optimizar cada rincón de tu personalidad. Como si fueras una app con fallos que necesita actualizaciones constantes. Más foco. Más hábitos. Más autocontrol. Más rendimiento. Todo medido, todo calculado, todo compartible. Incluso el descanso tenía que ser “productivo”. La espontaneidad tenía que tener propósito. La diversión debía aportar valor. Una puta auditoría constante de mi propia existencia. Un horror.
Me convertí en el gerente obsesivo de mi vida. Si procrastinaba, me castigaba. Si dudaba, me cuestionaba. Si hacía algo sin plan, me sentía irresponsable. Mi “mejor versión” era tan correcta que daba miedo. No decía barbaridades. No se equivocaba en público. No hacía el ridículo. No se salía del guion. Era admirable. Y, en el fondo, era un coñazo.
La tontería empezó a aparecer como una grieta en ese personaje perfecto. Un comentario fuera de lugar. Una carcajada demasiado alta. Una decisión impulsiva que no estaba en el plan estratégico del trimestre. Y lejos de ser un fracaso, esos momentos me devolvían algo que estaba perdiendo: sangre. Instinto. Humanidad.
Seamos claros: muchas veces queremos ser nuestra mejor versión para que nos miren con aprobación. Para que digan “qué disciplinado”, “qué centrado”, “cómo has evolucionado”. Queremos el aplauso, aunque sea silencioso. Queremos sentirnos superiores a nuestro yo anterior y, si podemos, a los demás. Y ahí es donde la supuesta evolución se convierte en postureo con buena prensa.
Yo estaba actuando. Interpretando el papel del adulto optimizado, del individuo que lo tiene todo bajo control, del que ya no comete estupideces. Y mantener esa máscara era agotador. Porque la realidad es que sigo diciendo tonterías. Sigo tomando decisiones cuestionables. Sigo teniendo días en los que me importa una mierda el plan perfecto.
Y ¿sabes qué? Eso también es parte de mí.
La verdadera tontería no es fallar ni hacer el ridículo. La verdadera tontería es creer que algún día dejarás de ser imperfecto si trabajas lo suficiente. Es pensar que existe una versión final, limpia, brillante y libre de contradicciones esperando al final del túnel del desarrollo personal.
No existe.
Mi mejor versión no es la más pulida. Es la más honesta. La que puede ser ambiciosa y vaga el mismo mes. La que se equivoca sin montar un drama existencial. La que se permite ser brillante un día y mediocre al siguiente sin sentir que todo se va a la mierda.
Porque crecer no es volverse intocable. Es volverse consciente sin perder la risa. Es aceptar que dentro del adulto funcional vive alguien que a veces la caga, exagera, se emociona de más y dice cosas que no debería.
Y si eso significa que mi mejor versión incluye una buena dosis de tontería, de caos y de palabrotas… perfecto.
Prefiero ser un humano intenso y contradictorio que una versión premium aburrida y falsa de mí mismo.