Hay algo mágico en ver a un gurú de vida perfecta hablándote de abundancia, libertad financiera y mentalidad millonaria… mientras el eco del vídeo delata que está en un piso de alquiler con paredes finas y vecino que tose como si cobrara por ello.
Te hablan de “construir imperios” desde un salón donde el sofá es del IKEA financiado a 12 meses. Te dicen que “no dependas de nadie” mientras el casero les puede subir la renta en septiembre y mandar su iluminación motivacional a tomar por saco.
La vida perfecta en Instagram tiene siempre la misma banda sonora: música épica, plano con café en taza minimalista, frase en inglés mal traducida y mirada intensa a cámara. “Si yo pude, tú puedes”. Claro, campeón. Tú pudiste porque vendes cursos para enseñar a vender cursos. El puto círculo perfecto.
Lo mejor es cuando te enseñan “su rutina de éxito”. Se levantan a las 5:00, meditan, escriben afirmaciones y hacen ejercicio en el salón, esquivando la mesa plegable. Pero no te enseñan el momento en que revisan la cuenta bancaria esperando que entren tres alumnos nuevos porque si no, ese mes van justos.
No hay nada malo en vivir de alquiler. Lo que da risa es vender la fantasía de ático en Dubái mientras el tendedero está en la cocina y la luz natural depende del patio interior.
El problema no es que alquilen. El problema es que te venden estabilidad emocional empaquetada en filtro Valencia. Te prometen paz mental mientras viven pendientes del algoritmo como si fuera el oráculo de Delfos versión WiFi.
Hablan de “salir de la carrera de la rata” pero publican tres reels al día para no perder visibilidad. Hablan de libertad y están encadenados a las métricas. Hablan de autenticidad con un guion más preparado que un discurso electoral.
Y tú, al otro lado, comparando tu vida real (con facturas, discusiones y días grises) con su película editada. Porque claro, nadie sube el momento en que el casero manda el mensaje: “El mes que viene revisamos condiciones”.
La nueva riqueza no es tener dinero. Es parecer que lo tienes. Y eso se consigue con ángulos, frases motivacionales y un fondo neutro que no deje ver el radiador cutre.
Al final, muchos de estos gurús no venden éxito. Venden esperanza envuelta en arrogancia. Venden la sensación de que si no estás donde ellos dicen estar, es culpa tuya por no “vibrar alto”. Y ahí es donde la cosa ya huele un poco a estafa emocional.
Porque la vida perfecta no existe. Existe el alquiler, la incertidumbre y la lucha diaria. Y eso, curiosamente, es mucho más digno que el teatro del ático imaginario.
Si vas a dar lecciones de éxito, al menos quita el cartel del seguro de hogar de fondo. O mejor aún: habla claro. Di que estás en proceso. Que estás currando. Que no eres millonario todavía. Que también tienes dudas.
Eso sí sería revolucionario.
Pero claro, eso no vende tanto como el plano con café, planta de Amazon y frase en inglés de mercadillo.