Antes el loco del pueblo gritaba solo en la plaza. Ahora la plaza es digital, se llama Twitter, perdón, X, y gritamos todos como si nos pagaran por decibelio. Bienvenidos a la democracia del timeline: mucho ruido, mucha bandera emocional y una preocupante falta de puta profundidad.
Aquí no gana el que argumenta mejor. Gana el que simplifica más. El que mete un tema jodidamente complejo en 280 caracteres con tres insultos estratégicos. El que convierte una crisis internacional en un meme con música épica y un “estáis todos manipulados menos yo”.
Porque el algoritmo no premia la reflexión. Premia el cabreo. La indignación da clics. El miedo da retuits. El zasca da dopamina. Si escribes algo matizado, razonable y con contexto, te leen cuatro gatos. Si escribes una barbaridad con seguridad absoluta, te haces viral.
Y así vamos.
El problema no es opinar. El problema es que confundimos opinar con saber. En Twitter todo el mundo es economista, epidemiólogo, jurista constitucional y experto en geopolítica, aunque ayer estuviera discutiendo sobre si la tortilla lleva cebolla o no. Hoy te explican un conflicto internacional como si llevaran veinte años en la OTAN. Con una seguridad que acojona.
La inmediatez mata el análisis. Nadie quiere leer datos. Queremos sangre digital. Queremos ver al otro “retratado”. La política convertida en combate de gallos con WiFi.
El ideal de debate racional del que hablaba Jürgen Habermas suena aquí a chiste interno. Mirároslo que vais flipar. Esto no es una esfera pública deliberativa. Es un patio de colegio ampliado donde si no estás conmigo eres un imbécil, un vendido o directamente un enemigo.
Y lo peor es la ilusión de participación. Crees que estás haciendo democracia porque has puesto un tuit incendiario. Te sientes activista desde el sofá. Te indignas, bloqueas, aplaudes a los tuyos… y el sistema sigue exactamente igual. Pero oye, has ganado una discusión con un desconocido con foto de anime.
Mucho grito. Mucha testosterona ideológica. Mucha certeza de barra de bar digital.
Poca idea.
Las trincheras están claras. Cada uno sigue a los suyos, retuitea a los suyos y se ríe de los otros. No hay intercambio real. Hay eco. Una democracia de aplauso interno. Un circo permanente donde el espectáculo importa más que la verdad.
Y mientras tanto, los temas serios se convierten en trending topic de 24 horas. Luego desaparecen. Y todos a por la siguiente indignación del día.
Quizá el gesto más revolucionario hoy no sea escribir el tuit más salvaje, sino callarte cinco minutos y pensar si realmente sabes de lo que estás hablando. Leer algo que contradiga tu postura sin entrar en modo “me cago en todo”. Reconocer que no tienes ni puta idea de algunos temas.
Pero claro, eso no da likes.
Si la democracia se reduce a ver quién grita más fuerte en una red social, no estamos elevando el debate público. Lo estamos convirtiendo en un reality show político con filtro azul.
Y eso, aunque entretenga que te cagas, no es deliberación. Es espectáculo. Y bastante pobre, además.