La memoria histórica usada como arma arrojadiza según convenga

La memoria histórica debería servir para entender de dónde coño venimos. Para reconocer errores, honrar a víctimas y asumir que como sociedad hemos metido la pata hasta el fondo más de una vez. Pero no. Aquí la memoria no se trabaja, se agita. Se saca cuando conviene, se guarda cuando molesta y se lanza a la cabeza del rival como si fuera un puto ladrillo.

No se usa para comprender el pasado. Se usa para ganar el presente.

Cada cierto tiempo alguien desempolva la historia como quien abre un cajón lleno de dinamita emocional. Se invoca la Guerra Civil Española, se menciona la Dictadura franquista, se citan agravios, se señalan culpables, y el debate se convierte en una competición de indignación. No importa tanto lo que pasó como quién lo explota mejor.

La memoria, que debería ser un ejercicio serio y doloroso, acaba convertida en espectáculo político de prime time.

Ahí están las discusiones eternas sobre la Ley de Memoria Histórica o la Ley de Memoria Democrática. Para unos, una herramienta imprescindible para reparar injusticias. Para otros, una maniobra para reabrir heridas y marcar territorio ideológico. Y mientras tanto, el ciudadano medio asiste al circo preguntándose si alguien está hablando de historia o si esto va simplemente de rascar votos.

Que quede claro: negar el dolor del pasado sería una gilipollez monumental. Hubo represión, hubo muertos, hubo exilio, hubo miedo. Eso no es relato, es historia. Pero otra cosa muy distinta es utilizar ese sufrimiento como combustible electoral cada vez que el ambiente político se caldea.

Se habla de memoria, pero se practica selección interesada. Se recuerdan unas cosas con foco y altavoz y otras se tapan con una manta gruesa. Se construyen relatos donde los matices estorban y el gris molesta. Todo tiene que ser blanco o negro. Héroes impolutos contra villanos absolutos. Como si la historia real no fuera un jodido caos lleno de contradicciones humanas.

La historia no se estudia. Se instrumentaliza.

Hay algo bastante indecente en usar el dolor de generaciones que ya no pueden defenderse como arma arrojadiza en tertulias y mítines. Es como si los muertos fueran fichas en una partida política interminable. Como si la memoria fuese un recurso que se explota según la temporada.

Y lo más perverso es que esto alimenta una polarización constante. O estás con mi versión del pasado o eres un miserable. No hay espacio para el análisis frío, para el contexto, para reconocer que las sociedades complejas no caben en un tuit incendiario.

La memoria histórica es necesaria. Lo que no es necesario es convertirla en un puto lanzallamas ideológico.

Recordar debería ser un acto de responsabilidad colectiva, no una estrategia de marketing político. Debería servir para aprender, no para dividir. Para comprender, no para señalar. Pero cuando se usa según convenga, cuando se manipula en función del calendario electoral, deja de ser memoria y se convierte en propaganda con fecha retroactiva.

Y eso no honra a las víctimas. Solo alimenta la pelea eterna de los vivos.