La dictadura del “estar bien” y la culpa por estar hasta la polla

Hay algo profundamente sospechoso en esa manía moderna de estar bien todo el rato. Bien de ánimo, bien de energía, bien de proyectos, bien de pareja, bien de cuerpo, bien de alma. Bien hasta cuando estás hecho polvo. Bien incluso cuando por dentro te estás desmoronando como un edificio con aluminosis emocional.

La pregunta “¿cómo estás?” ha dejado de ser una pregunta. Ahora es un trámite. Una contraseña social cuya única respuesta válida es “bien”. Como digas “mal”, la gente se incomoda. Como digas “regular”, ya te miran como si fueras el primo raro que arruina las cenas de Navidad. Y como digas “estoy hasta la polla”, te conviertes automáticamente en un problema.

Nos han colado, poco a poco, la idea de que estar bien no es un estado, es una obligación. Que si no estás feliz, algo estás haciendo mal. Que si estás cansado, es porque no gestionas bien tu tiempo. Que si estás triste, es porque no has leído suficientes frases motivacionales en Instagram. Que si estás saturado, lo que necesitas no es descanso, sino una mejor mentalidad.

La felicidad ha dejado de ser una emoción para convertirse en un KPI. Un indicador de rendimiento personal. Y claro, si no cumples objetivos emocionales, suspendes como adulto funcional.

Esta mierda tiene nombre. El filósofo Byung-Chul Han lo explicó bastante mejor que cualquier coach con micro inalámbrico: vivimos en la sociedad del rendimiento. Ya no hace falta un jefe gritándote. Ahora eres tú el que se exige, el que se exprime, el que se culpa. Si no puedes con todo, el problema no es el sistema. Eres tú, campeón.

Y así empieza la culpa por estar hasta la polla.

Porque no solo estás cansado. Encima te sientes mal por estar cansado. No solo estás triste. Te avergüenza estar triste. No solo estás saturado. Te reprochas no poder con más.

Es brillante y perverso a la vez. Te venden productividad, mindfulness, hábitos atómicos, rutinas de éxito y “mentalidad imparable”, y cuando no funcionas como una máquina, la conclusión es que no te has esforzado suficiente. Que no te has levantado a las cinco. Que no has visualizado tus metas con suficiente intensidad. Que no has vibrado alto.

Como si la vida fuera un puto tablero de visión lleno de frases en inglés y smoothies verdes.

La realidad es bastante menos inspiradora. La realidad tiene facturas, enfermedades, rupturas, padres que envejecen, trabajos que queman, incertidumbre, ansiedad y días en los que simplemente no te apetece nada. Días en los que todo pesa. Días en los que lo único que quieres es silencio y que nadie te pida una sonrisa.

Pero claro, eso no vende. Eso no se comparte con filtro cálido. Eso no suma seguidores.

Entonces aprendemos a fingir. Fingimos energía. Fingimos equilibrio. Fingimos que gestionamos nuestras emociones como monjes tibetanos con MBA. Y cuanto más fingimos, más solos nos sentimos. Porque todo el mundo parece estar bien menos tú.

La dictadura del “estar bien” no te prohíbe estar mal. Te hace sentir culpable por estarlo. Y esa es la jugada maestra. No te dicen que no puedas estar triste. Te hacen creer que si lo estás es porque fallas. Porque no eres suficientemente resiliente. Porque no has trabajado tu niño interior. Porque no has hecho «journaling».

Y así, en lugar de preguntarnos por qué estamos tan agotados, nos preguntamos qué coño nos pasa a nosotros.

Hay algo profundamente liberador en admitir que sí, que a veces estás hasta la polla. De tu trabajo. De las expectativas. De la presión constante por mejorar. De la obligación de optimizar cada minuto. De tener que convertir cada afición en una oportunidad de negocio. De no poder simplemente existir sin convertirte en tu propia marca.

Estar mal no siempre es un error. A veces es una reacción sana a un contexto insano. A veces es tu cuerpo diciéndote que pares. A veces es tu cabeza pidiendo descanso. A veces es tu límite marcando territorio.

Pero en esta cultura de la sonrisa obligatoria, el límite se interpreta como debilidad. Y la debilidad, como fracaso.

Quizá el acto más revolucionario hoy no sea emprender, ni madrugar, ni facturar seis cifras. Quizá sea decir: “No puedo más” sin añadir un “pero estoy trabajando en ello”. Quizá sea reconocer que no estás bien sin maquillarlo con tres aprendizajes y una frase de superación.

Quizá sea aceptar que la vida no es una línea ascendente de crecimiento personal, sino una montaña rusa donde a veces gritas de emoción y a veces gritas porque estás acojonado.

La culpa por estar hasta la polla es el síntoma de una sociedad que no tolera la vulnerabilidad real. Que quiere emociones gestionadas, dolor productivo y tristeza eficiente. Pero el malestar no siempre es un proyecto de mejora. A veces es simplemente humano.

Y no, no pasa nada por no estar bien.

Pasa cuando no te dejas estar mal.