Progresar por progresar se ha convertido en el nuevo deporte nacional. Da igual hacia dónde, da igual por qué, lo importante es moverse, producir, avanzar, tachar cosas de una lista imaginaria para sentir que hoy no has sido un completo inútil. El problema es que nadie se para a pensar si ese progreso tiene algún puto sentido o si simplemente estamos corriendo como hámsters dopados dentro de una rueda que no lleva a ningún sitio.
Hoy todo es “mejor que ayer”. Mejor versión de ti mismo, mejor rutina, mejor mindset, mejor cuerpo, mejor productividad. Mejor todo, pero más cansado que nunca. Nadie se pregunta para qué quiere mejorar tanto ni quién coño decidió que quedarse quieto un rato era fracasar. Reflexionar no suma likes, no paga cursos y no da la falsa sensación de control que tanto nos pone.
Hemos confundido avanzar con huir. Huir del silencio, de pensar, de darnos cuenta de que igual no queremos lo que estamos persiguiendo. Porque pensar duele. Pensar implica aceptar que igual llevas años empujando en la dirección equivocada y eso jode mucho más que seguir ocupado como un imbécil.
El progreso sin reflexión es perfecto para no enfrentarte a nada. Cambias de proyecto, de objetivo, de hábito, de meta cada tres meses y listo. Siempre “en proceso”. Siempre “creciendo”. Nunca parándote a mirar si estás más vacío que antes. Pero oye, muy disciplinado todo, muy de levantarse a las cinco de la mañana y subirlo a redes.
Nos han vendido que parar es de vagos y pensar es perder el tiempo. Que hay que hacer, hacer y hacer. Y luego vienen la ansiedad, el agotamiento y ese runrún constante de “algo no encaja” que intentas tapar con más progreso, más tareas y más mierda encima.
Progresar sin pensar es avanzar a ciegas. Es como conducir de noche con las luces apagadas y presumir de velocidad. Igual llegas antes, sí… pero también tienes más papeletas de estamparte. Y cuando te la pegas, encima te dicen que no progresaste lo suficiente.
A veces el mayor progreso es sentarte, callarte y preguntarte qué cojones estás haciendo con tu vida. Aunque no salga nada bonito. Aunque no haya respuesta clara. Aunque no puedas subirlo a Instagram con una frase inspiradora. Pensar también es avanzar, aunque no quede tan sexy.