Hay una frase que la gente suelta con una superioridad moral que dan ganas de lanzarles un libro de historia a la cabeza: “hay que conocer la historia para no repetirla”. Y siempre lo dice alguien que no conoce la historia ni de coña, pero que se siente intelectualmente blindado por haberla leído en un hilo de Twitter o en un cartel con fondo beige.
La frase en sí queda muy bien. Es redonda, suena profunda y te coloca automáticamente en el bando de los buenos. El problema es que se usa como comodín para no pensar. Como si la historia fuera una peli de sobremesa con moraleja clara y el ser humano aprendiera lecciones como quien aprende a no tocar el fuego otra vez.
No funciona así, ni de puta casualidad.
La mayoría de los que repiten la consigna no quieren conocer la historia, quieren su versión cómoda de la historia. Un resumen con malos malísimos, buenos impolutos y cero contradicciones. Nada de contexto, nada de matices, nada que incomode. Historia masticada, precocinada y servida para reforzar lo que ya piensan. Eso no es aprender del pasado, eso es usarlo como garrote ideológico.
Además, hay una fe casi religiosa en que el conocimiento histórico vacuna contra repetir errores. Como si millones de personas no hubieran estudiado guerras, dictaduras, genocidios y miserias… justo antes de volver a cagarla de formas nuevas y creativas. El ser humano no tropieza dos veces con la misma piedra: tropieza con una distinta, más grande y con mejores excusas.
Y luego está el chantaje moral. Si no compras su relato, “no conoces la historia”. Si dudas, “no la has estudiado suficiente”. Si discrepas, “la estás repitiendo”. Es un truco barato para cerrar debates sin argumentar una mierda. No te explican nada, te señalan con el dedito y te colocan del lado oscuro, como si fueran guardianes oficiales del pasado.
Lo más gracioso es que muchos de estos iluminados solo miran la historia cuando les conviene. Para justificar censura, derribos simbólicos o reescribir el pasado con criterios morales de ahora. Juzgar a gente muerta hace siglos con valores de Instagram y creerse valiente por ello. Eso sí que es repetir algo: la arrogancia de pensar que somos más listos que los que vinieron antes.
Conocer la historia está de puta madre. Pero conocerla de verdad. Con sus zonas grises, sus decisiones de mierda, sus contextos incómodos y sus humanos imperfectos. No como mantra vacío para parecer profundo ni como excusa para darte palmadas morales en la espalda.
Porque repetir frases hechas no evita repetir errores. Pensar, dudar y aceptar que el pasado no cabe en un eslogan, igual sí. Pero claro, eso ya exige esfuerzo. Y para eso muchos progres no están.