Llamar por teléfono se ha convertido en una actividad de riesgo. Antes llamabas y punto. Ahora llamar es un drama psicológico digno de terapia. La gente prefiere enviar tres audios, cinco mensajes y una señal de humo antes que marcar un número y enfrentarse a una voz humana real.
El móvil, que nació para llamar, ahora se usa para todo menos para eso. Fotos, memes, reels, notas de voz de dos minutos… pero llamar no, que da ansiedad. ¿Ansiedad de qué? De que te cojan. De que no te cojan. De tener que improvisar una conversación sin poder pensar la respuesta durante diez minutos como en WhatsApp. Terror puro.
Lo mejor es la preparación previa. “Voy a llamar ahora”. Mentira. Primero repasas mentalmente lo que vas a decir como si fueras a declarar en un juicio. Luego ensayas. Luego miras la hora por si es mala hora. Luego decides escribir un mensaje previo: “¿Te puedo llamar?”. ¿Pero qué mierda es esa? ¿Desde cuándo hay que pedir permiso para usar un teléfono?
Y cuando por fin llamas y no lo cogen, alivio. “Bueno, ya lo he intentado”. No, campeón, no lo has intentado una mierda. Has rezado para que no te contesten y poder justificarte sin hacer nada. Si lo cogen, sudores fríos, frases atropelladas y un “nada, te llamaba por…” que no lleva a ningún sitio.
Esto no va de timidez, va de comodidad y miedo al contacto real. A no controlar la conversación, a no poder editar lo que dices, a quedar como un poco gilipollas en directo. Porque por escrito todos somos listísimos, pero hablando se nos ven las costuras.
Así que igual va siendo hora de asumirlo: no pasa nada por llamar. No muerde nadie. No se cae el mundo. Y si la conversación es incómoda, pues es incómoda, joder. Peor es vivir con miedo a un puto tono de llamada como si fuera el anuncio de una catástrofe nuclear.