La incapacidad moderna para pedir perdón sin un “pero”

Pedir perdón debería ser fácil. Dos putas palabras y a correr. Pero no. En esta época de egos de cristal y autoestima mal entendida, la peña es incapaz de decir “lo siento” sin meter un “pero” de los cojones justo detrás, como si fuera obligatorio por ley.

“Perdón, pero tú también te pusiste así”. “Lo siento, pero estaba hasta arriba”. “Vale, perdón, pero no era para tanto”. No es un perdón: es un autoindulto. Es la manera más rastrera de lavarte las manos mientras finges que eres una persona madura. No lo eres.

El “pero” es el salvavidas del gilipollas funcional. Te permite seguir creyendo que eres buena persona sin aceptar que la has cagado como un campeón. Porque asumir la culpa sin excusas duele. Te baja los humos, te deja en pelotas y te obliga a aceptar que a veces eres tú el problema. Y eso, hoy en día, parece ciencia ficción.

Lo jodido es que este vicio no estropea discusiones, estropea relaciones. Porque cuando alguien te dice “perdón, pero…”, lo que en realidad está diciendo es “me da igual cómo te sientas, ahora déjame explicarte por qué no es culpa mía”. Y claro, así no hay reconciliación ni hostias.

Hemos normalizado justificarlo todo. Todo tiene un contexto, una razón, una infancia complicada o una semana dura. Perfecto. Pero eso va después, si acaso. El perdón va primero, limpio, sin mierda alrededor. “La he cagado”. Punto. Sin añadidos. Sin peros. Sin defensas de abogado barato.

Así que igual va siendo hora de aprender a pedir perdón como adultos y no como críos con carrera. Porque un perdón con “pero” no es un perdón: es una forma elegante de seguir siendo un imbécil sin asumir nada.