Tinder no es una app de citas, es un supermercado emocional. Pasas personas como quien elige yogures: este no, este tampoco, este caduca pronto, este tiene demasiadas calorías emocionales. Swipe, swipe, swipe. Y si no convence en tres segundos, a la puta calle. Da igual quién sea, qué piense o qué coño le haya pasado en la vida.
Hemos convertido a la gente en fichas técnicas. Dos fotos bien filtradas, una frase ingeniosa que no diga nada y una lista invisible de exigencias absurdas. Queremos química, estabilidad, aventura, humor, sexo increíble y cero complicaciones. Todo a la vez. Y rápido. Muy rápido. Que la paciencia ya no se lleva.
Tinder ha hecho que ligar parezca eficiencia, pero en realidad es deshumanización premium. No hablas con personas, compites contra un catálogo infinito. Siempre hay alguien más guapo, más joven, más interesante o con menos traumas a dos swipes de distancia. Así que nadie se esfuerza. Total, ¿para qué? Si falla, se reemplaza.
La conversación media dura menos que una historia de Instagram. Hola, qué tal, a qué te dedicas, ghosting. No porque seas mala persona, sino porque nadie debe nada a nadie. No hay responsabilidad emocional. No hay cierre. No hay respeto. Solo silencio digital y a seguir deslizando.
Y luego está el miedo. Miedo al compromiso, miedo a aburrirse, miedo a elegir mal. Tinder fomenta la idea de que elegir es perder opciones. Así que no eliges. Acumulas matches como cromos que no piensas pegar nunca. Gente validándose el ego mientras se siente más sola que antes.
Lo más jodido es que muchos entran buscando conexión y salen más vacíos. Porque el problema no es la app, es la mentalidad que alimenta: personas tratadas como productos, relaciones como consumo rápido y emociones como molestias que hay que minimizar.
Antes ligar era arriesgarse. Ahora es comparar. Y comparar mata cualquier atisbo de humanidad. Porque cuando ves a alguien como una opción más, deja de ser alguien. Se convierte en un swipe fallido.
Y así estamos: hiperconectados, hiperelegibles y profundamente incapaces de mirar a alguien sin pensar si habrá algo mejor después. Un catálogo infinito de cuerpos, cero profundidad y una sensación constante de que algo no encaja.
Pero eh, al menos hay match.