Hay que tener la cara muy dura, o vivir completamente desconectado de la realidad, para plantarte un titular diciendo que las empresas deberían ceder su capital a los trabajadores “por el bienestar del planeta” y quedarse tan tranquilo como han hecho los expertos de Yolanda Díaz, ministra de Trabajo. Como si el capital fuese una maceta que se comparte en la oficina y no el puto resultado de años de riesgo, deuda, noches sin dormir y hostias contra el suelo.
La idea es preciosa en el PowerPoint: empresarios malos, trabajadores buenos, planeta feliz y unicornios ecológicos trotando por la nave industrial. En la vida real es otra cosa. En la vida real, el capital no aparece por generación espontánea ni se imprime en el Ministerio de Trabajo. Alguien lo pone. Alguien responde con su patrimonio si todo se va a la mierda. Y curiosamente, ese alguien nunca es el “experto” que firma el artículo ni el político que lo aplaude.
El truco es siempre el mismo. Se habla de “empresas” como si fueran entes abstractos, sin caras ni nombres, como si detrás no hubiese autónomos, pymes familiares, gente que se juega su casa y su futuro para sacar adelante algo que da trabajo a otros. Pero claro, eso no vende. Es más cómodo convertir al empresario en villano genérico y al trabajador en víctima perpetua. Así no hay que explicar nada.
Lo mejor es el envoltorio moral. No te roban el capital, no. Te lo redistribuyen por el bien del planeta. Porque ahora resulta que si un bar de barrio o una fábrica de tornillos no cede parte de su propiedad, está contaminando el Amazonas y matando osos polares. Es un chantaje emocional de manual, propio de quien no sabe crear nada pero sí sabe señalar con el dedo.
¿Y qué pasa cuando el negocio va mal? ¿También se cede el marrón? ¿También se reparten las deudas, los créditos, las sanciones y las hostias fiscales? No, claro. Ahí el empresario vuelve a ser el responsable único. Socializamos beneficios, privatizamos hostias. El comunismo de siempre, pero con logo verde y sonrisa inclusiva.
Esta obsesión por meter la mano en el capital ajeno no va de justicia social ni de sostenibilidad. Va de control. De decidir desde un despacho cómo debe funcionar lo que no has sido capaz de levantar tú solo. De castigar al que crea algo y premiar al que opina mucho. De convertir la empresa en una ONG obligatoria hasta que reviente, y luego llorar porque “el mercado es cruel”.
Lo más acojonante es que estos discursos los sueltan siempre desde puestos bien pagados, sin riesgo personal, sin haber firmado una nómina en su puta vida. Gente que jamás ha tenido que despedir a alguien, renegociar un préstamo o cerrar un negocio con vergüenza y rabia. Pero eso sí, te explican cómo repartir lo que no es suyo con una superioridad moral que da náuseas.
Ceder capital no crea bienestar. Destruye incentivos. Y sin incentivos no hay inversión, no hay empleo y no hay futuro. Solo queda la miseria repartida con discursos bonitos y culpables prefabricados.
Pero tranquilos: cuando no quede ni una empresa en pie, siempre podrán escribir otro artículo culpando al “sistema”. Eso sí que se les da de puta madre.