Cuando Irene Montero dice “fachas” no está señalando a un grupo ideológico concreto ni describiendo una posición política definida. Está escupiendo una etiqueta. Una palabra comodín que sirve para deshumanizar al discrepante sin tener que mancharse discutiendo ideas. Un atajo para no pensar.
En su boca, facha no es el autoritario de manual, ni el nostálgico del bigote, ni el totalitario de libro. Facha es cualquiera que no trague. El que no aplaude. El que pregunta. El que dice “oye, esto no me cuadra”. El que no repite el mantra como un loro con máster en pancarta y megáfono.
Y aquí viene la trampa cojonuda: la misma gente que te da lecciones de empatía, de cuidado y de lenguaje no violento usa “facha” como insulto estructural, sin rubor y sin freno. Porque cuando te llaman facha, ya no eres persona. Eres un error. Un residuo. Algo que hay que señalar, cancelar o reeducar como si fueras un niño retrasado moral.
Yo me considero facha. Así, sin rodeos. No porque sea un ogro autoritario ni un villano de tebeo, sino porque no compro su moral de cartón piedra, no me arrodillo ante su superioridad ética imaginaria y no necesito su certificado de bondad para opinar. Y por eso, según su marco mental, soy un problema, hay que eliminarme o en el mejor de los casos reemplazarme por «gente marrona» como ha dicho este mismo fin de semana la propia Irene Montero no porque estuviera haciendo un análisis profundo ni una metáfora brillante, sino porque se ha liado hablando, como le pasa a menudo. No es precisamente un prodigio de precisión verbal ni de claridad mental.
Llamar facha es cerrar el debate de un portazo. Es la forma elegante de decir: “no pienso discutir contigo porque no te considero digno”. No es política. Es clasismo ideológico con perfume progre.
Este uso del término es marca de la casa de la izquierda y sus satélites emocionales: dividir el mundo entre iluminados y apestados. Ellos son el bien. Tú, si no estás de acuerdo, eres facha. Y si eres facha, todo lo que digas queda automáticamente invalidado. Maravilloso sistema para no tener que argumentar una mierda.
Lo gracioso, o lo miserable, es que el facha moderno de su discurso no es el poderoso, ni el privilegiado, ni el que manda. Es casi siempre el currante hasta los cojones, el que paga, el que calla, el que no domina el idioma woke ni tiene tiempo para llorar en Twitter. A ese se le cuelga la etiqueta rápido. No para entenderlo, sino para callarlo.
Así que cuando Irene Montero habla de “fachas”, no está combatiendo el fascismo. Está fabricando enemigos imaginarios para sentirse moralmente superior sin mover un dedo. Está repartiendo carnés de humanidad desde un púlpito de soberbia muy asqueroso.
Y mira, si ser facha significa no tragar con esta mierda paternalista, moralista y profundamente autoritaria disfrazada de cuidado… soy facha, muy facha y a mucha honra.