La puta lluvia en Madrid: crónica de un cielo encabronado

Últimamente en Madrid no llueve: Madrid se está duchando. Y no de esas duchas rápidas y civilizadas, no. De las largas, pesadas, con agua fría y sin cortina, que te empapan el ánimo y los calcetines.

Aquí no estábamos preparados para esto. Madrid es de sol, de terrazas aunque haga dos grados, de “bah, no cojo paraguas que no cae”. Pues toma. Agua. Días seguidos. Semanas. El cielo abierto en canal como si alguien hubiese dejado el grifo mal cerrado en el universo.

Llueve tanto que ya no sorprende. Abres la ventana y ni miras: asumes que está lloviendo. El suelo siempre mojado, los coches con ese tono marrón tristón, la ropa que nunca termina de secarse y esa humedad que se te mete en los huesos y en el carácter.

Y claro, salen los de siempre: “hacía falta”. Perfecto. De puta madre. Pero una cosa es que haga falta y otra que nos estén regando como si fuéramos arrozales del delta del Ebro. Esto ya no es previsión, es castigo.

Madrid, que presume de vida en la calle, se ha vuelto ciudad de interior. Casas cerradas, planes cancelados, paseos acortados. Todo es “rápido que llueve”, “luego hablamos que llueve”, “mejor otro día que llueve”. La lluvia ha secuestrado la agenda.

Y ojo, no es solo el agua. Es el gris constante. Ese cielo bajo que te aplasta un poco el puto pecho, que te roba energía sin pedir permiso. Te levantas cansado sin haber hecho nada. El sol no aparece y tú tampoco, emocionalmente hablando.

Lo peor es que ya ni nos quejamos con ganas. Nos resignamos. Comentario corto, bufanda subida y a seguir. Como si Madrid hubiese firmado un contrato de permanencia con la lluvia y no hubiese forma de darse de baja.

Así que sí, últimamente llueve muchísimo en Madrid. Tanto que cuando salga el sol habrá gente que no sepa qué hacer con él.