Mi primer ordenador no fue una puerta al futuro. Fue una hostia tecnológica con cables. Un trasto beige, pesado como un muerto mal enterrado, que hacía más ruido al arrancar que una Vespa gripada y que tardaba tanto en encenderse que te daba tiempo a dudar de tu existencia, de Dios y de si aquello realmente iba a funcionar algún día. A veces no funcionaba.
No tenía internet, o al menos no como ahora. Tenía paciencia. Mucha. Y un pitido agudo al encender que sonaba a juicio final electrónico. Si pitaba una vez, bien. Si pitaba dos, mal. Si no pitaba… a rezar. La informática entonces no se aprendía en tutoriales de YouTube, se aprendía a base de miedo y ensayo-error, mucho error y alguna lágrima contenida.
La pantalla era un monstruo con culo, profunda como una cueva, y emitía una radiación que probablemente hoy estaría prohibida por la ONU. Te quedabas delante horas y cuando te levantabas veías iconos flotando en la pared, como si hubieras mirado fijamente al sol pero en versión cutre. Aun así, ahí estabas, hipnotizado, creyendo que estabas tocando el futuro cuando en realidad estabas peleándote con el pasado.
Los juegos venían en disquetes. DISQUETES. Una palabra que ya suena a enfermedad medieval. Para cargar un juego necesitabas cambiar discos como quien hace un ritual satánico: “Inserte el disco 2”. “Inserte el disco 3”. “Error de lectura”. Y a empezar otra puta vez. Pero cuando arrancaba… joder, cuando arrancaba, aquello era magia negra.
No había redes sociales, ni likes, ni postureo. Estabas tú y la máquina. Si algo se rompía era culpa tuya. Si se arreglaba, también. Aprendías a trastear, a tocar cosas que no sabías para qué servían, a perder archivos importantes y a decir “me cago en todo” con una naturalidad preciosa. Ese ordenador no te lo daba todo hecho, te obligaba a espabilar o a apagarlo de mala hostia.
Y sin darte cuenta, entre pantallazos azules y teclados amarillentos, ese cacharro fue escuela. Ahí aprendí que la tecnología no es cómoda, es útil. Que nada es inmediato. Que las cosas buenas cuestan tiempo. Y que si algo no funciona, antes de llorar, prueba a reiniciar… y si no, a darle un golpecito por detrás.
Hoy todo es rápido, fino, silencioso y sin alma. Mi primer ordenador era lento, feo y cabrón, pero tenía carácter. Como los bares de antes. Como la gente que no pide perdón por existir. Y aunque ahora tenga máquinas mil veces mejores, ninguna me ha vuelto a enseñar tanto como aquel trasto que parecía una lavadora con teclado y que, sin saberlo, me metió el virus de cacharrear, crear y no conformarme.
Y sí, probablemente me dejó la vista hecha mierda. Pero oye, valió la pena.