La policía en España tiene un problema serio de empatía… y no, no es nuevo. Es estructural, casi de manual. Sales a la calle a protestar porque te están asfixiando, porque tu sector se muere, porque te quitan lo que es tuyo, y la respuesta suele ser la misma: casco, escudo, mirada de “no es asunto mío” y, si te mueves más de la cuenta, porrazo/ hostia administrativa. Fría, mecánica y sin una puta pizca de humanidad.
Lo hemos visto esta semana con los ganaderos. Gente que se levanta a las cinco de la mañana, que vive con márgenes ridículos, que lleva años tragando normativas absurdas, precios de miseria y desprecio institucional. Salen a protestar, a hacer ruido porque nadie les escucha, y ¿qué reciben? Palos, cargas, tensión, disturbios y ese aire de “circulen, coño”, como si estuvieran molestando a alguien importante. Ni un gesto. Ni una mano abierta. Ni una mínima lectura del contexto. Solo músculo.
Y claro, luego uno no puede evitar acordarse de otros episodios. Cuando la cosa se puso realmente fea, cuando enfrente no había gente cansada sino un bloque político organizado, fanatizado y con ganas de choque, ahí ya no hubo tanta chulería. Ahí la policía reculó. Hoteles abandonados, retiradas discretas, órdenes contradictorias y un miedo que se mascaba. De repente, prudencia. De repente, diálogo interno. De repente, “mejor no liarla más”. De repente, nada.
Y sí, conviene decirlo aunque a muchos les escueza: los Mossos d’Esquadra demostraron tener más cojones permitiendo que se colocaran urnas que muchos otros cuerpos cuando se trata de apretar a quien no va a responder con violencia organizada. Gustará más o menos el contexto político, pero la diferencia de actitud fue brutal.
El patrón canta a gritos: dureza con quien protesta desde la desesperación y la necesidad, suavidad con quien puede devolverte el golpe. Mano dura con el débil, perfil bajo con el fuerte. Y eso no es orden público, eso es cobardía institucional envuelta en protocolo. Es aplicar la ley como el abusón que reparte hostias en un bar: al flaco primero, que no se va a revolver.
Luego nos preguntamos por qué la gente desconfía, por qué cada vez hay más distancia entre la calle y quienes deberían protegerla. La policía no está para hacer amigos, vale, pero tampoco para actuar como un muro sin cerebro. Un gesto de empatía no te quita autoridad. Al revés: te da legitimidad. Pero claro, eso exige pensar, leer el momento y salir del piloto automático. Y eso, por lo visto, cuesta.
Y entonces aparece el comodín de siempre. El argumento cobarde que se lanza como un salvavidas cuando ya no sabes cómo justificar lo injustificable: “no se puede generalizar”, “solo cumplen órdenes”, “no pueden hacer otra cosa”. Y oye, qué casualidad: ese discurso solo sale cuando la imagen es fea, cuando la porra canta demasiado y el vídeo corre por redes.
Claro que no se puede generalizar… pero tampoco se puede mirar para otro puto lado. No hablamos de un agente aislado que perdió los nervios, hablamos de actuaciones repetidas, de patrones que se repiten una y otra vez. Cuando siempre reciben palos los mismos, los que no tienen poder, los que no pueden devolverla, los que protestan desde la miseria, eso deja de ser un caso concreto y pasa a ser un comportamiento estructural. Y eso, lo siento, sí se analiza y sí se critica.
Lo de “cumplen órdenes” ya es directamente para enmarcarlo. Cumplir órdenes no te borra el criterio, ni te anula la conciencia, ni te convierte en un puto robot con placa. La historia está llena de gente que “solo cumplía órdenes” y acabó haciendo auténticas barbaridades. Nadie pide heroicidades, pero tampoco vale esconderse detrás del protocolo como si fuera una absolución automática. La autoridad sin responsabilidad es pura basura. Allá cada cual con su conciencia al llegar a casa.
Y el “no pueden hacer otra cosa” es el remate final, el argumento derrotista, el de brazos caídos. Claro que pueden hacer otra cosa: pueden medir, pueden contener, pueden no tensar, pueden no provocar, pueden no cargar como si enfrente tuvieran a una banda armada cuando lo que hay son ganaderos hasta los huevos. Pueden, simplemente, no ser imbéciles. Que no todo es blanco o negro, hostia.
Y aquí viene la contradicción que ya roza el cachondeo: cuando se trata de turnos, horarios, servicios o condiciones laborales, bien que saben plantarse, protestar y rebelarse. Ahí sí hay margen. Ahí sí hay sindicatos, presión y pulso al mando. Así que no nos vendan que no pueden hacer nada. Si pueden decir “hasta aquí” por un turno mal puesto, también pueden hacerlo cuando les ordenan cargar contra viejos con banderas de España o contra ganaderos hasta los cojones que solo piden sobrevivir.
Lo curioso es que cuando enfrente hay un bloque organizado, ideologizado y con capacidad de respuesta real, entonces sí aparece la flexibilidad. Ahí sí se puede interpretar, decidir, aguantar, replegarse. Ahí ya no hay órdenes inamovibles ni automatismos. Ahí, casualmente, sí hay margen de maniobra. Así que no, no cuela lo de que “no pueden hacer otra cosa”. Pueden. Otra cosa es con quién se atreven.
Ahora bien, antes de que salte el coro de ofendidos: sí, claro que hay buenos policías. Los hay. Pero son los menos. Y suelen ser, curiosamente, los que entraron con vocación real de servir y proteger, no de mandar ni de imponer. Los que hablan antes de empujar, los que entienden el contexto, los que saben que llevar uniforme no te convierte en superior moral. Esos existen… pero están ahogados por una cultura interna que premia la obediencia ciega y castiga el pensamiento propio.
Este discurso buenista de no señalar a nadie, de proteger siempre al uniforme pase lo que pase, solo sirve para que nada cambie. Criticar actuaciones no es odiar a un cuerpo entero. Es exigir que quien tiene el monopolio de la fuerza tenga también un mínimo de cabeza, empatía y responsabilidad. Porque cuando eso falla, el problema no es la protesta. El problema es quién decide cómo se reprime.
Mientras tanto, seguiremos viendo el mismo puto teatro: fuerza sin contexto, autoridad sin alma y cojones selectivos según quién tengas delante. Y así nos va.