Hubo un tiempo en el que quedar era fácil. “¿A las ocho?” “A las ocho.” Y a las ocho estabas allí, con tu cara, tus problemas y tu hígado dispuesto a sufrir. Ahora no. Ahora necesitas un doodle, un Excel, un grupo de WhatsApp con 37 mensajes inútiles y, si se pone serio, un puto Google Calendar compartido para ver si alguien tiene libre media hora dentro de tres semanas.
Porque claro, ahora todos sois gente ocupadísima. Que si gym, que si pilates, que si crossfit, que si el niño, que si la suegra, que si Netflix, que si “es que me viene fatal esta semana, mejor lo vemos”. Lo vemos mis cojones. No lo vemos nunca.
Antes se quedaba para beber. Ahora se hace una “planificación”. Antes se improvisaba. Ahora hay que consensuar. Antes decías “vente” y venían. Ahora te dicen “déjame mirarlo” como si fueran ministros de Exteriores.
Lo más triste es que no es por trabajo ni por responsabilidades reales. Es por pereza social. Por comodidad. Por esa mierda moderna de “me tengo que cuidar” que en realidad significa “me da una pereza que flipas mover el culo”.
Y ahí está el grupo: diez tíos que se quieren, que se ríen, que lo pasan de puta madre juntos… pero que no se ven. Porque no coinciden. Porque no cuadran agendas. Porque necesitan un algoritmo para tomarse una cerveza.
Lo siguiente será mandar invitaciones con RSVP:
—¿Confirmas asistencia?
—No sé, depende de cómo me sienta ese día.
Hostia, es una cerveza, no una boda.
Si tu grupo de amigos necesita un calendario compartido para quedar, no sois adultos responsables. Sois esclavos de vuestra propia gilipollez organizada.
Y lo peor es que todos lo sabéis.
Pero oye, mucho ánimo. Igual en 2028 conseguís coincidir para una caña rápida de 40 minutos. Eso sí, programada con recordatorio y aviso 24 horas antes.