Las putas contraseñas, el doble puto factor y la ciberseguridad de los cojones

Hubo un tiempo glorioso en el que una contraseña era “1234” o “password” y a correr. Vivías en paz. Entrabas a tu correo, a tu banco y a tu mierda de redes sociales sin sentir que estabas intentando acceder a los códigos nucleares de Estados Unidos. Nadie moría. El mundo seguía girando. Pero no, eso no podía durar. Llegaron los listos, los gurús de la ciberseguridad y los hijos de puta del “por tu seguridad”, y lo jodieron todo.

Ahora una contraseña tiene que tener mínimo ocho caracteres, una mayúscula, una minúscula, un número, un símbolo raro, una señal masónica y el nombre de tu primer trauma infantil escrito en arameo. Y cuidado con repetirla, porque eso es peor que follarte a tu prima en Nochebuena. “Esta contraseña ya ha sido utilizada”. Claro que sí, campeón, porque soy un puto ser humano, no un servidor de Amazon.

Y cuando por fin consigues memorizar ese jeroglífico infumable, aparece el jefe final del videojuego: la autentificación de doble factor. Porque no basta con saber la contraseña. No. El sistema tiene que desconfiar de ti como si fueras un delincuente reincidente. Código al móvil. Código al correo. Código a una app que instalaste hace cinco años y que ahora no encuentras ni con GPS. Y date prisa, cabrón, que el código caduca en 20 segundos.

Todo esto, supuestamente, para protegerte. Para evitar que un hacker rumano te robe tus datos. ¿Qué datos? ¿Mi historial de compras de mierda? ¿Mis correos de spam? ¿Mi cuenta con 14 euros y una domiciliación pendiente? Pero oye, mejor pasar por un interrogatorio digno de la Gestapo digital cada vez que quieras entrar a mirar una notificación de mierda.

El momento cumbre llega cuando cambias de móvil. Ahí ya es pornografía del sufrimiento. Apps que no reconocen tu cara, SMS que no llegan, códigos enviados a números que ya no existen y mensajes tipo “verificación fallida”. Fallida tu puta madre. Tú sudando, cagándote en todo, pensando que jamás volverás a acceder a tu propia vida digital. Todo para entrar a ver una factura que ya sabías que te iban a clavar.

Y los bancos… los bancos son directamente unos sádicos. Clave, PIN, app, SMS, huella, cara, sonrisa, giro de cabeza, ahora parpadea dos veces si no eres un terrorista. Todo ese circo para comprobar que sigues siendo pobre. Una experiencia más tensa que la película de «El orfanato», pero sin Belén Rueda vestida de Rottenmeier y con comisiones.

Nos han vendido esta mierda como progreso. Como seguridad. Como modernidad. Pero la realidad es que medio país tiene las contraseñas apuntadas en un papel arrugado dentro de la cartera o en las notas del móvil llamadas “NO TOCAR”. Enhorabuena, genios de la seguridad: habéis creado exactamente el puto problema que decíais combatir.

Así que no, no me siento protegido. Me siento castigado. Como si usar internet fuera una falta administrativa. Como si el sistema asumiera que soy gilipollas, criminal o ambas cosas a la vez.

Y lo peor es que esto no ha hecho más que empezar. Dentro de nada te pedirán ADN, huella anal, reconocimiento de alma y un juramento firmado con sangre para entrar al correo. Y tú lo harás. Porque lo único que querías era ver un puto email.

Bienvenidos al futuro. Muy seguro. Muy moderno. Y absolutamente insoportable de cojones.