Estoicismo de mierda: la secta moderna que ha colonizado esta sociedad podrida

Este tema me apasiona. Y no por postureo intelectual ni por amor a los griegos con toga. Me apasiona porque el estoicismo de moda ha calado hasta el puto hueso en esta sociedad de mierda que hemos construido. Una sociedad cansada, explotada, anestesiada y encima orgullosa de aguantar como si eso fuera una medalla.

El estoicismo se ha convertido en la nueva religión laica para que no molestes. Antes te prometían el cielo después de muerto; ahora te prometen paz interior mientras sigues tragando mierda en vida. Respira. Acepta. No reacciones. No señales. No incomodes. Sonríe y sigue produciendo, que para eso estás. Deja que te follen.

Todo envuelto en frases bonitas, tazas con tipografía limpia y podcasts de gilipollas funcionales con barba, voz grave y cero contacto con la realidad. Gente que te explica desde un micrófono caro que el problema nunca es el sistema, nunca es la explotación, nunca es la injusticia. El problema eres tú, que no sabes gestionar tus emociones como un adulto iluminado.

Y claro, así es comodísimo. Si estás jodido es culpa tuya. Si estás quemado es que no vibras bien. Si te pisan es que no has aceptado lo incontrolable. Y si protestas, peor: eres tóxico, negativo, poco evolucionado. La culpa siempre vuelve a ti, como un boomerang espiritual de mierda.

El estoicismo real hablaba de dignidad y libertad interior. El estoicismo moderno habla de aguantar palos con buena postura. El primero quería personas libres; el segundo quiere esclavos tranquilos. Gente resistente, silenciosa, productiva y agradecida mientras la exprimen como a un puto limón seco.

Estoicismo, coaching y mindfulness forman el tridente perfecto del sometimiento moderno. Tres maneras distintas de decirte lo mismo: cállate, respira y no señales al culpable. Mira hacia dentro mientras todo arde fuera. Gestiona tu mierda interior para no cuestionar la mierda exterior.

Han conseguido algo brillante y aterrador a la vez: convertir la resignación en virtud. La pasividad en sabiduría. El silencio en madurez emocional. Aguantar ya no es una putada, es “crecimiento personal”. No quejarse no es miedo ni cansancio, es “control emocional”. Y al que dice “esto es injusto” lo miran como si fuera un puto salvaje emocional.

Pero no, joder. No todo es incontrolable. Se puede hablar. Se puede denunciar. Se puede largar uno. Se puede decir no. Se puede mandar a la mierda a un jefe, a una situación o a una vida que te está matando poco a poco. Lo que pasa es que eso no se monetiza tan bien como vender frases subrayadas en amarillo.

El negocio está en tu silencio. En tu culpa. En hacerte creer que nunca estás a la altura emocional de la vida. Así vuelves al libro, al curso, al gurú, al podcast. Pagas otra vez. Sigues igual de jodido, pero ahora convencido de que la culpa es tuya por no ser suficientemente estoico.

Y ojo, que nadie dice que haya que vivir llorando por las esquinas como una plañidera. Pero hay una diferencia enorme entre serenidad y sumisión. Entre fortaleza y anestesia emocional. Entre aceptar lo inevitable y permitir lo intolerable.

Quejarse no te hace débil. Te hace consciente. Enfadarte no te rompe; a veces te despierta. Decir “hasta aquí” no es perder el control, es recuperarlo. El problema es que esta sociedad prefiere gente rota pero obediente, tranquila pero jodida, calmada pero muerta por dentro.

Así que a la mierda el estoicismo de taza, de tatuaje en latín mal escrito y de Instagram. A la mierda la moda de romantizar el aguante mientras te pisan el cuello. Y a la mierda la idea de que sufrir en silencio te convierte en alguien mejor.

No somos estatuas griegas. Somos personas viviendo en una sociedad que te exige que aguantes sin rechistar. Y a veces, ser fuerte no es apretar los dientes y respirar hondo. A veces, ser fuerte es señalar, incomodar y mandar todo y a todos a tomar por culo.

Y eso, curiosamente, no lo verás ni en una taza de diseño ni en ningún libro de autoayuda que arrase en ventas.