Lo del Marruecos–Senegal no fue una final. Fue una puta farsa. Un esperpento digno de Valle-Inclán después de cinco cubatas. Un circo de mierda donde el fútbol fue el invitado que nadie respetó y al que acabaron escupiendo en la cara delante de millones de personas.
Arranca la traca: gol legal de Senegal anulado en el descuento porque al árbitro se le cruzaron los cables o decidió improvisar como quien se inventa una receta con lo que queda en la nevera. Penalti para Marruecos que no vio ni el VAR, ni el linier, ni Dios bendito. Un penalti fantasma, de los que solo existen en la cabeza de quien pita.
Senegal dice basta y se va del campo. Y hacen bien. Se largan como quien manda el partido a tomar por culo porque aquello ya olía a tongo, a chapuza y a tomadura de pelo monumental. Quince minutos parados. Quince minutos de bochorno internacional. El árbitro perdido como un pulpo en un garaje y la federación africana escondida debajo de la mesa.
Tiene que salir Sadio Mané a hacer de adulto responsable, de mediador de la ONU y de padre cabreado: “Venga, volvemos, que nos van a joder vivos si no”. Y vuelven. Porque al menos ellos sí entienden que están en una final.
Y entonces llega la escena cumbre del puto esperpento. El penalti. El momento clave. El estadio en tensión. El portero de Senegal buscando su toalla para secarse las manos…
y los recogepelotas se la quitan.
Pero no una vez.
Varias.
Se la esconden.
Se la retiran.
Se la quitan como niños rata de patio de colegio, como críos gilipollas jugando a tocar los cojones porque nadie les pone en su sitio.
Un portero en una final continental, empapado, nervioso, pidiendo la toalla… y unos recogepelotas haciendo bullying mientras el árbitro mira la escena con cara de “esto no va conmigo”. Ni una advertencia. Ni una expulsión. Ni un “oye, dejad de hacer el subnormal”. Nada. Barra libre para el circo.
Aquello ya no era fútbol. Era una guardería sin adultos, una puta feria donde todo valía. Brahim Díaz, viendo el manicomio montado, decide rematar la faena con una Panenka. Porque claro, si esto es una broma de mal gusto, él pone el chiste final. Lanza… y falla. Como tenía que fallar. Porque este partido no aceptaba finales normales. Solo ridículos a la altura de la mierda que estábamos viendo.
Prórroga.
Gol de Senegal.
Senegal campeón.
Y después, el bingo completo: Marruecos echando espuma por la boca, comunicados indignados, amenazas de sanciones, federaciones escondidas, árbitros desaparecidos y dirigentes mirando al infinito como si no fuera con ellos. El fútbol, mientras tanto, tirado en una cuneta.
Esto no fue épica africana.
No fue pasión.
No fue intensidad.
Fue chapuza, descontrol y vergüenza ajena a paladas. Una final donde se anulan goles legales, se pitan penaltis inventados, los jugadores se van del campo y los recogepelotas juegan a quitarle la toalla al portero como si estuvieran en el recreo del colegio.
Marruecos–Senegal quedará en la historia como una final ganada por Senegal, sí.
Pero sobre todo como una derrota del fútbol, del arbitraje y de todos los inútiles que tenían que poner orden y no hicieron una mierda.
Una final de traca.
De las que no hacen gracia.
De las que dan asco.
De las que confirman que cuando el circo manda, el deporte se va a tomar por culo.