Los trenes de Adamuz y la puta madre que parió a los de siempre

Otra vez. Otra puta vez. Otro tren. Otro desastre. Y el mismo guion rancio y asqueroso que ya nos sabemos de memoria. Sirenas, cámaras, políticos con cara de funeral alquilado, corbata negra recién planchada y un festival de frases huecas que no arreglan ni un tornillo suelto. Porque no, esto no es un accidente. Esto es una cadena de negligencias tan larga que podría usarse como vía secundaria.

El tren no descarriló solo. No fue una travesura mecánica ni un “imprevisible fallo técnico”. Lo empujaron al desastre a base de dejadez, recortes y pasotismo institucional. Los trenes de Adamuz no fallan: los dejan fallar. Ocho avisos previos en ese tramo. Ocho jodidos avisos. Informes hablando de vibraciones, de anomalías, de “oye, que esto huele mal”. Maquinistas avisando. Técnicos levantando la mano. Y al otro lado, el clásico “tranquilos, que aguanta”. Aguanta… hasta que revienta y mata.

Años de mantenimiento de mierda, presupuestos amputados con tijeras de propaganda y revisiones hechas con el mismo rigor que un examen copiado detrás del gimnasio. La vía “renovada”, dicen. Renovada para la foto, para la nota de prensa y para que algún cargo se cuelgue la medalla. Por dentro, óxido, chapuzas y problemas arrastrados durante meses. Resultado: hierros doblados, cuerpos destrozados y una tragedia convertida en trending topic durante cuarenta y ocho horas. Luego silencio. Luego olvido. Luego a otra cosa.

Y cuando aún huele a metal caliente y a muerte, llega lo más repugnante: la politización obscena del desastre. Antes de que se enfríe la sangre ya están los buitres sacando hemeroteca, buscando culpables en el partido contrario, lanzándose mierda unos a otros como monos con traje en un zoológico parlamentario. No hay duelo, no hay respeto, no hay vergüenza. Solo circo. Mucho circo. Y palomitas para los mismos de siempre.

Porque la falta de mantenimiento no es un despiste, es una decisión política consciente. Decidir no invertir. Decidir mirar a otro lado. Decidir que “aguanta un poco más”. Aguanta hasta que no aguanta. Y cuando todo se va a la mierda, nadie dimite, nadie asume nada, nadie paga. Aquí el tren descarrila solo, según ellos, como si los tornillos se aflojaran por ideología propia y no por abandono sistemático.

Mientras tanto, ADIF suelta comunicados anestesiantes y Renfe repite que “todo estaba dentro de los parámetros”. Claro que sí, coño. Y la frase estrella: “se investigará todo”. La frase comodín del inútil profesional. Investigar para no cambiar nada, para ganar tiempo, para que el cabreo se enfríe y podamos volver a hacer exactamente lo mismo.

Adamuz no es una excepción. Es el puto síntoma. Un país donde la infraestructura se deja morir mientras se invierte en titulares, donde el mantenimiento no da votos y la culpa siempre es del otro. Un país donde las tragedias se usan como arma política y las víctimas son daño colateral del debate televisivo.

Y sí, es asqueroso. Porque no es mala suerte. Es abandono. Es negligencia. Es política cutre jugando a la ruleta rusa con vidas ajenas. Y mientras no pase nada de verdad (aquí me callo porque voy preso), mientras nadie pague de verdad, los trenes seguirán rodando por vías cansadas y nosotros seguiremos esperando el próximo descarrilamiento con el estómago encogido y la certeza de que el circo, como siempre, ya tiene la carpa montada y los payasos listos.